En los altos valles andinos, donde el viento silba entre las montañas y el aire se siente denso de milenios, existen secretos que la razón no puede descifrar. En la frontera entre el norte de Chile y Puno, en el pueblo de Paucarcolla, los pobladores aymaras han guardado durante generaciones un temor profundo y latente. Un temor que tienen nombre: Kharisiri. Dicen los mayores que este ser no es una simple superstición, sino una fuerza oscura que acecha en la penumbra del altiplano, un espectro que se alimenta de la vida y la vitalidad humana.

Se le conoce bajo otros nombres —Phistaco, Ñaqaq, o Khari Khari—, y su nombre mismo, traducido del quechua, evoca el terror de su función: el ‘chupador de grasa’. Es la crónica de Kharisiri la que se susurra en las fogatas y se teme al caer la noche, una historia de la corrupción de la carne y el alma, un mito que mantiene viva la atmósfera inquieta de esas comunidades andinas.

El demonio del altiplano

Cuentan que el Kharisiri es una entidad de profunda malicia, cuya naturaleza es mutable. No se presenta siempre de una misma forma, sino que se adiestra en las máscaras que el altiplano le permite. Algunos narran que es un ser antropomórfico, gigante y terriblemente cruel, envuelto en un pelaje amarillento que parece absorber la poca luz que le llega. Otros, sin embargo, afirman que su presencia es meramente animal, un espectro bestial que se mueve entre los campos y los pueblos.

Pero en cualquiera de sus formas, la esencia de Kharisiri es la misma: es un depredador nocturno. Es un monstruo o un hombre maldito que se cruza con la fragilidad humana. Quien tiene la desgracia de encontrarse con él, o de ser tocado por su aura, siente cómo una fatiga insidiosa lo envuelve. Los pobladores relatan que el Kharisiri comienza a hacer que la víctima se quede dormida, sumida en un letargo peligroso. Y es en ese estado de semi-inconsciencia cuando el ente realiza su obra más perversa: extirpar la grasa vital del cuerpo.

Al ser arrancada la sustancia que alimenta la vida, la víctima queda debilitada hasta el punto de la anemia, una enfermedad que roba la fuerza y tiñe la existencia de un gris mortal.

El pacto y la sombra

Figura espectral y gigantesca domina a una persona arrodillada en un paisaje altiplánico al atardecer.

En las comunidades aymaras, esta tragedia no se explica con la biología, sino con la maldición y el poder de los pactos oscuros. Entre los ancianos y el conocimiento de los maestros curanderos, existe la creencia de que el Kharisiri no es simplemente una bestia de la naturaleza, sino una persona que ha traspasado la frontera entre lo humano y lo demoníaco.

El maestro curandero Romualdo Coila Coila ha enseñado que este ente encarna la maldad absoluta, pues es un ser que ha llegado a pactar con Satanás. Su poder reside en la práctica de la magia negra, una fuerza maligna que le permite transmutar su apariencia y ejercer su influencia sobre el cuerpo y el espíritu. Por eso, no es un simple animal errante, sino un portador de una enfermedad forjada en el engaño y la transgresión.

Desde hace décadas, el Kharisiri ha sido el responsable de decenas de muertes en la región andina. Es la explicación que la gente le da a esa enfermedad inexplicable que se arrastra entre sus comunidades, la explicación de esa fatiga que no cesa, el temor constante al encuentro nocturno con la sombra.

El velo se rompe en Paucarcolla

Los relatos de Kharisiri son eternos, pero en 2012, el miedo cobró una forma tangible y trágica en el pueblo de Paucarcolla. Fue entonces cuando la comunidad y la prensa pudieron ver en carne propia el horror que se temía.

Los pobladores de Paucarcolla notaron la aparición de una niña de apenas catorce años, cuyo estado de salud comenzó a deteriorarse misteriosamente. Las compañeras de colegio de la menor contaron cómo la habían visto paseando con un hombre; un hombre cuya presencia y apariencia coincidían, según el testimonio popular, con la de este temido demonio.

Desde ese momento en que la niña estuvo en contacto con el Kharisiri, su cuerpo comenzó a rebelarse. Aparecieron signos de una enfermedad repentina y violenta. Presentó fiebre sin cese, dolor de estómago intenso y diarrea persistente. El deterioro fue rápido, como si la fuerza vital se le estuviese drenando gota a gota.

El destino de la joven

Al verse el malestar de la menor, los padres y los habitantes acudieron a los galenos, al ámbito de la medicina occidental. Los médicos, siguiendo los protocolos de salud, trasladaron a la niña y la ingresaron en un hospital. Pasaron siete días de intensa vigilancia médica. Pero los curanderos de la región, con su profunda comprensión de la tradición, insistían en que la enfermedad no era de origen natural, sino una agresión mágica y demoníaca provocada por el Kharisiri.

Pese a los esfuerzos y los días de hospitalización, el destino de la niña era irreversible. La sombra del chupador de grasa había sido demasiado poderosa. Ella falleció.

La muerte de la joven resonó en Paucarcolla, y al igual que ocurre en muchas comunidades donde lo sobrenatural convive con lo moderno, la historia se dividió. Mientras los doctores y el sistema médico ofrecían sus explicaciones terrenales, los curanderos se mantuvieron firmes en su convicción: el error había sido llevarla a los galenos, pues la causa de su enfermedad y su muerte había sido el Kharisiri.

Desde aquel 2012, la leyenda de Kharisiri persiste, más fuerte que nunca. Sigue siendo un relato temido y susurrado entre las comunidades aymaras. Y al caer el sol sobre el altiplano, sigue el recuerdo de ese monstruo, el chupador de grasa, que acecha, esperando la próxima ocasión para drenar la fuerza de la vida.

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