Cuentan los viejos de la Sierra de Quito que, en aquellos tiempos de profunda fe y rígidos muros coloniales, no todo era santidad. En las afueras de la ciudad, dentro del austero Convento de San Diego, vivía un joven clérigo que era un misterio para sus hermanos. Se llamaba Padre Almeida, y aunque vestía el hábito franciscano, su corazón y sus hábitos estaban más inclinados hacia la alegría terrenal y el licor fuerte. En aquella época, la vida monástica era una cadena de penitencia, pero para Almeida, la cadena era una excusa para la liberación.
Padre Almeida era conocido por su alma festiva. Sus noches, lejos de las oraciones y la meditación, eran dedicadas a las juergas, a reunirse con sus amigos en las callejuelas del convento. Y así era su secreto: cómo huía de la vigilancia del claustro y los ojos vigilantes de Dios.
El secreto de las fugas nocturnas
Para poder escapar, Padre Almeida poseía un ingenio tan audaz como sus pecados. Cada noche, se elevaba sigilosamente hasta uno de los brazos de la estatua de Cristo Yaciente que adornaba la iglesia. Desde allí, lograba alcanzar una pequeña ventana en la parte alta del edificio, que se convertía en su portal hacia la noche libre. Los monjes, en sus oraciones y sus vigilancia, apenas sospechaban el riesgo que tomaba el joven sacerdote.
Una de esas noches, mientras se deslizaba hacia la luz de la calle, apoyado en la figura del Cristo, escuchó algo que le heló los huesos, aunque todavía estaba embriagado. Una voz, grave y etérea, resonó desde la misma imagen yacente, preguntándole con un tono que no admitía respuesta: —¿Hasta cuándo, padre Almeida? Él, con su espíritu jocoso, respondió sin dudar: —Hasta la vuelta, Señor.
Desde aquella aparición, la leyenda se bifurca, revelando dos caminos para ese destino: uno de profundo engaño y otro de terrible verdad.
La negociación con la Parca

Dicen los ancianos que, en una versión más dramática, la Muerte misma lo buscó. En una oscura tarde, mientras los últimos rayos del sol se filtraban sobre los tejados de Quito, una figura se acercó al sacerdote. Era vestida de túnica negra, portando su guadaña, y emanaba el frío del abismo.
La Muerte se presentó sin rodeos, anunciándole que su hora había llegado. Pero Padre Almeida, a pesar del miedo que debe haber sentido, no se quebró. Recordando el ingenio que había usado para evadir las reglas del convento, decidió negociar. Le propuso a la Parca invitarla a compartir una de sus reuniones nocturnas con sus amigos, ofreciéndole una noche más entretenida de lo que ella conocía. La Muerte, intrigada por la insolencia del hombre, accedió a su propuesta.
Compartieron esa noche. Mientras las risas y el brindis se elevaban en la reunión, Padre Almeida no perdió la oportunidad. Con una sonrisa pícara, le dijo a la Muerte que, al despedirse, ella debería llevarlo de regreso a su lugar de origen. La Muerte, quizás por el trato diferente y la alegría que encontró en ese hombre, le concedió una prórroga, un tiempo extra de vida, a cambio de aquella noche distinta. Y así, en esta versión, el sacerdote vivió muchos años más, siempre con el peso de haber engañado al mismísimo destino.
La caminata que rompió el sueño
Sin embargo, la versión más extendida, la que susurra el viento por las calles de la Sierra, es la que describe el repentino y brutal cambio de su existencia.
Tras su encuentro con la voz misteriosa en el Cristo, o quizá en un momento de extravío bajo las luces de la noche quiteña, Padre Almeida se encontró caminando por las empedradas calles que serpenteaban hacia el convento. El aire frío de la noche se sentía pesado y opresivo. Sus pasos, quizá aún tambaleantes por el licor, se dirigían a casa, pero su mirada se detuvo en la sombra de una esquina.
Y entonces, lo vio.
En la oscuridad, bajo un manto de luto, se aproximaba un cortejo fúnebre. Los moños negros, las velas encendidas, el sonido solemne del velorio… todo se detenía en el aire. Y justo en medio de aquel ataúd, girado hacia él, vio su propio cuerpo. Su cuerpo, dentro de la pira funeraria.
El impacto fue tal que la embriaguez se disipó en un instante. El miedo, frío y absoluto, lo sacudió de su ensueño. Corrió. Corrió sin aliento de vuelta al Convento de San Diego.
La conversión definitiva
Al llegar a la puerta, el Padre Almeida se desplomó. Ese terrible y visceral susto fue el golpe de gracia que rompió el hechizo de su vida mundana. Se dio cuenta, en ese instante, de la fragilidad de la vida, de la cercanía de la muerte y del vacío que sus placeres habían creado. Nunca más regresó a la calle para buscar la juerga. Su alma se plegó sobre los votos sagrados. Se dedicó por completo a su orden franciscana, abrazando una vida de penitencia y de santa dedicación.
Desde aquel día, Padre Almeida fue conocido como el sacerdote que halló la santidad en el filo de la existencia.
Dicen los lugareños, más allá de la Sierra de Quito, que la figura del Padre Almeida se mezcla con el mito del Padre Encantado, especialmente en las zonas de la Costa, donde el relato sirve de severa y punzante advertencia: un recordatorio de que la profanación de los votos sagrados siempre tendrá su castigo. Es la historia de cómo, por un encuentro con lo trascendente, la alegría de la carne se transforma en la paz de la alma, aunque sea a través del terror.
