En las vastas tierras de la Región Oriental, donde el aire huele a hoja húmeda y la selva abraza los ríos, se alza una historia que es tan antigua como el primer soplo de vida en el mate. Cuentan los ancianos que antes de que existiera la yerba, solo existían los mitos, las montañas y la inmensidad silenciosa de la Madre Tierra. Dicen que el origen de la planta Ka’a, un tesoro de sabores y sanación, está escrito en múltiples relatos, cada uno contada con la solemnidad de los tiempos primigenios, narrando cómo un simple regalo pudo cambiar el destino de los hombres, curando cuerpos y uniendo al espíritu colectivo.
El regalo de Ñande Ru
Desde tiempos inmemoriales, los pueblos Guaraníes vivían en un constante camino de descubrimiento y búsqueda. Entre ellos se destacaban Peteî y Tujami. Tujami, protegida bajo la mirada benevolente de Ñande Ru, la Madre Tierra, viajaba con su compañera, Tajýra. Por la inmensidad de la selva, Ñande Ru observaba a estas dos jóvenes. Sintiéndose conmovida por su jornada, decidió que debía concederles un regalo de incalculable valor, algo que les llevaría la vida y la sabiduría.
En un viaje hacia las montañas, mientras buscaban las señales de ese destino prometido, se encontraron con la planta que sería el inicio de todo: el ka’avo pyahu. Allí, en la cumbre o en la profundidad de la montaña, Ñande Ru recordó el momento exacto del encuentro de Tujami y Tajýra con esa planta. Cuando Tujami buscó en sus recuerdos esa visión divina, encontró el ka’avo pyahu y le dio el nombre de Ka’a, marcando el comienzo de la leyenda de la yerba.
La sanación de Jarýi

Otra tradición, más centrada en la fragilidad de la vida y el amor familiar, relata que hace mucho tiempo, mientras los pueblos Guaraníes aún eran nómadas, vivía un viejo viudo con su hija, Jarýi. La salud del anciano se fue deteriorando con los años, y él, al ver que su cuerpo flaqueaba, decidió que se quedaría en su hogar hasta que su vida se extinguiera, despidiéndose de su táva, su grupo de gente.
Una mañana, Jarýi se dirigió al bosque para cortar leña. Allí, en la espesura, se topó con un hombre vestido de blanco. Este misterioso hombre le aseguró que su presencia no le haría ningún mal y le indicó que en las cercanías de un árbol grande había una planta especial. Le aconsejó, con voz pausada, que preparara un té con las hojas de aquella planta y se lo diera al padre para que se recuperara pronto. Le dio indicaciones precisas sobre cómo arrancar las hojas —que debían cortarse con ramas—, cómo tostarse sin que se quemaran, y cómo preparar la infusión con agua caliente, usando un porongo y una bombilla. Tan pronto como terminó de aconsejarle, el hombre de blanco desapareció en la densa vegetación.
El viejo tomó el té todos los días, bebiendo la infusión de la planta desconocida. Poco a poco, se curó y recuperó la fuerza necesaria para reunirse nuevamente con su táva. En señal de honor a Jarýi, en ciertas áreas donde viven los Guaraníes, la yerba adoptó su nombre.
El pacto de Jasy con el cazador
Antes de que existiera la época de Jasy, los hombres caminaban por la vida en sus propios asuntos, con la comunicación limitada por la extensión de la selva. En ese tiempo, Jasy era una entidad inmensa y poderosa, la propia luna, que iluminaba las copas de los árboles y pintaba de plata los ríos. Una mañana, Jasy descendió a la tierra, acompañada por la nube Arai, quienes caminaron con paso silencioso por los senderos que se abrían entre los sauces, los lapachos, los cedros y las palmeras.
De pronto, un jaguareté irrumpió en escena, con una mirada tranquila pero desafiante. El felino se preparó para el ataque, pero una flecha atravesó su corazón como si fuera un rayo de luz. Jasy y Arai observaron el suceso y se percataron de que un viejo cazador les había estado saludando amistosamente desde el extremo opuesto de la selva. El cazador dio media vuelta y se retiró en silencio, sin dejar rastro.
Esa noche, el viejo cazador experimentó un sueño de profunda revelación. Volvió a ver al jaguareté y la fragilidad de las dos jóvenes que esa tarde había salvado. Jasy y Arai le hablaron en el sueño, ofreciéndole un regalo de inmensa importancia: una planta nueva llamada Ka’a, una planta con la singular propiedad de acortar las distancias entre los corazones de los hombres. Les indicaron que debían tostar y moler sus hojas, preparar una infusión y, lo más importante, compartirla con su gente. A la mañana siguiente, el hombre encontró la planta y siguió al pie de la letra las indicaciones de su sueño. Colocó la infusión en una calabaza hueca, probó la bebida con una caña fina y, acto seguido, la compartió con su gente. Ese día, al compartir el mate, los hombres conocieron el valor de las horas compartidas y decidieron que nunca más volverían a estar solos.
La herencia del Ka’a
Así, de las manos de una Madre Tierra protectora, a la diligencia de una joven y a la sabiduría de la luna y el cazador, surge la historia de Ka’a. Dicen que esta planta, el Ka’a o la yerba mate (Illex paraguayensis), hoy sigue creciendo con generosidad en la Región Oriental de Paraguay, Argentina y Brasil. Su esencia perdura, ya sea como el amargo vigor de la bebida compartida, o como el dulce misterio de la hoja de Stevia (Stevia rebaudiana), llevando consigo la promesa de una sanación y de una unión que nace en la profundidad de la tradición.
Dicen los vecinos que, al tomar el primer sorbo, se sienten la conexión de aquellos hombres y mujeres que, hace siglos, se dieron cuenta del poder de una simple planta.
