En aquellos tiempos tan antiguos que apenas se pueden contar, cuando los ríos Oiapoc, Jari y Araguari apenas comenzaban a trazar sus caminos por la vasta geografía de Wajãpi, el mundo era un único tejido. Cuentan los ancianos que, en la era de los mitos, no existía la distinción de pueblos, ni la barrera del destino; todos los seres habitaban en una gran y vasta comunión, compartiendo el ciclo de la vida y la sabiduría del bosque. Era una época de perfecta unidad, pero la naturaleza de las cosas, dicen, exige un nacimiento, incluso si ese nacimiento implica una división.
La armonía original
Antes de que el nombre de las diferentes etnias se fijara en la memoria, la tierra era un hogar singular. Las comunidades vivían juntas, sus vidas entrelazadas como las raíces de los árboles más viejos del selva. Había un entendimiento mutuo y una coexistencia sin fisuras bajo el vasto cielo, bajo la mirada de los espíritus de los manglares Wayãpi. No había fricción, no había desconocimiento, y todos pertenecían al mismo gran cuerpo social. Era una prosperidad milenaria, una unidad que parecía eterna e invulnerable.
La voluntad de Ianejar

Pero el cosmos, según los relatos que han sido transmitidos de boca en boca, necesita un arquitecto, una fuerza que ordene y defina. En aquel tiempo, emergió una figura de origen divino: Ianejar, el Héroe Creador, cuyo nombre significaba «nuestro dueño». Ianejar era la fuerza que daba forma al tiempo y al espacio, la conciencia que diseñaba la vida en esa región.
Y fue Ianejar quien decidió que la unidad pura no era la forma final de la existencia; para que existiera el individuo, debía existir la separación. Se dispuso a separar los pueblos, no por un capricho malicioso, sino por la necesidad ontológica de que cada grupo encontrara su propia identidad, su propio ritmo bajo el sol. Con su voluntad creadora, comenzó a tejer el telar de la diversidad.
El gran distanciamiento
Cuando el gran Ianejar ejecutó su acto fundacional, la comunión se desgarró en mil pedazos, y la paz absoluta dio paso a la distinción. Los pueblos que antes compartían una sola voz, se encontraron de pronto escuchando distintas melodías. Comprendieron, por primera vez, la existencia del otro como un ente separado y particular. Las etnias, una tras otra, comenzaron a moverse, a distanciarse física y culturalmente.
Cada grupo tomó un camino distinto. Algunos se adentraron más en las llanuras, otros buscaron la seguridad de las altas tierras, y otros se aferraron a los bordes donde el agua del río se encontraba con la tierra firme. El contacto cotidiano se diluyó en caminos separados, y la antigua convivencia se transformó en un complejo entramado de diferencias.
El refugio en el centro de la tierra

Entre todos esos movimientos y dispersiones, el linaje Wayãpi encontró un lugar que el mito designó como el corazón de la existencia: aquello que ellos llamaban «el centro de la tierra». Este refugio, este punto focal en la región de Wajãpi, se convirtió en su cuna y su asiento. Allí, en ese lugar sagrado y central, comenzaron a consolidar su propia identidad dentro del vasto tapiz de culturas creadas por Ianejar.
Aunque se asentaron en este centro, la necesidad de definir quién era de quién siguió siendo una constante. La unidad colectiva de los Wayãpi se manifestó entonces en otra forma, una forma más íntima y compleja.
La definición del parentesco
Finalmente, la propia comunidad de los Wayãpi se dividió en grupos menores, fragmentos que se reconocían entre sí no por fronteras geográficas, sino por lazos profundos de parentesco. Este concepto de «parentesco» se convirtió en el hilo más fuerte de su tejido social. Era la sangre, la historia compartida, el recuerdo de aquellos días míticos cuando Ianejar ordenó el caos en caminos definidos.
Y así, desde aquel tiempo de mito, la separación se estableció como una estructura sagrada. El pueblo Wayãpi, asentado en el corazón de la tierra, no solo se separó de otros pueblos, sino que se auto-organizó en la red íntima y eterna del parentesco, cumpliendo así el diseño de su creador, Ianejar. Es este mito de la separación, tanto la de los pueblos como la interna, lo que narra la identidad eterna de los Wayãpi en la región de Wajãpi.
