Dicen los viejos de Quito que bajo la solemnidad de la Iglesia de San Francisco, se esconde no solo la fe de un pueblo, sino también el terror helado de un pacto sellado bajo la sombra. En aquella época colonial, cuando las Piedras de la ciudad imponían su silenciosa y majestuosa presencia, la obra del atrio se había convertido en más que una simple construcción: era una prueba de orgullo y una carrera contra el tiempo. Y en el centro de este drama monumental se encontraba un hombre: Francisco Cantuña, un constructor indígena cuyo ingenio y su férrea voluntad se encontrarían, en la noche más fría, con la ambición más antigua y la promesa más oscura.
El reto y la presión del plazo
Francisco Cantuña era un artesano de una destreza admirable. Sus manos sabían hablar el lenguaje del granito y de la cantera; conocía las fisuras de la piedra como si fueran nervios. Fue contratado para culminar el atrio de la iglesia y del convento de San Francisco, esa imponente plataforma pétrea que se extendía frente a la portada principal. La ciudad, exigente y grandilocuente, le impuso un plazo, un contrato sellado con la solemnidad de la obediencia. Si terminaba la obra tal y como estaba acordado, Cantuña cobraría una fortuna que cambiaría su destino. Pero si fallaba, si un solo día se dilataba más allá de la fecha estipulada, él caería en la deuda y, lo que era peor, en la humillación pública de la ciudad.
Pasaron los días. La construcción fue un ejercicio constante de resistencia, enfrentándose al aguaceros persistentes de la Sierra, a los escombros y al desafío del tiempo que se consumía implacable. Cantuña, serio y firme, se mantuvo fiel a su palabra y a su trabajo. Pero a medida que la fecha límite se acercaba, un sudor frío comenzó a recorrerle la espalda. Las lluvias habían retrasado los trabajos más de lo previsto, y la mole de piedra parecía imposible de terminar en el lapso restante. La fatiga era una carga pesada, pero la desesperación de no cumplir el contrato era una pesadilla mucho más densa.
La negociación en la oscuridad

Llegó la víspera del plazo, una noche de Quito envuelta en un frío que mordía los huesos y en una oscuridad absoluta. Cantuña se encontró solo en la plaza, rodeado por las piedras semibachadas y por la obra que parecía ahora inacabable. La obra era una montaña de pendientes y el tiempo, un río sin riendas. Se sintió abrumado, consciente de que su esfuerzo humano era insuficiente ante la magnitud del desafío. En ese instante de desesperación y derrota, el aire, pesado y quieto, comenzó a oler extrañamente a azufre. Era un hedor pesado, primordial, que parecía filtrarse desde las profundidades de la noche.
De entre las sombras que danzaban en la plaza, emergió una figura. Era un hombre vestido con ropas escarlata, cuyo aspecto era tanto tentador como abrumador. Se acercó a Cantuña con lentitud calculada, y su presencia hizo que el constructor sintiera en la nuca el peso de mil siglos de antigüedad. El hombre le hizo una oferta que resonó en el silencio de la plaza: le daría la fuerza y la habilidad para terminar todo el atrio, completo y perfecto, antes de que el primer canto del gallo rompiera la quietud matutina. Pero ese regalo tenía un precio terrible: el alma de Cantuña.
Francisco Cantuña reconoció la naturaleza de aquel ser, aquella sombra vestida de rojo. Era el Diablo, la encarnación del pacto diabólico. Después de un momento de terrible vacilación, Cantuña, buscando una salida a su situación de vergüenza, aceptó el trato. Pero su astucia, nacida de la resistencia de su pueblo, no se doblegó. Impuso una condición inquebrantable al pacto: la obra debía quedar terminada de forma absoluta, sin que faltara ni una sola piedra. De lo contrario, el contrato, desde su propia condición, quedaría roto.
El trabajo sobrenatural
Al sellar el pacto, se desató una energía terrible sobre el convento. El silencio de la noche se rompió, no por un ruido de martillos, sino por un murmullo pesado. Diablillos y sombras que parecían adheridas a la piedra salieron de las profundidades del convento. Las piedras, antes inertes, comenzaron a moverse con una velocidad imposible. Las herramientas se colocaron solas; los ladrillos se apilaron con precisión milimétrica; la plataforma del atrio avanzó a un ritmo que desafiaba la lógica y el esfuerzo humano.
Cantuña, aunque había aceptado el trato, permaneció en un estado de tensión y vigilancia constante, rezando mientras observaba el trabajo sobrenatural. Sabía que el cumplimiento de la obra significaba la pérdida definitiva de su espíritu, que estaba entregando la llave de su existencia a la sombra roja. El Diablo supervisaba el proceso, su presencia se hacía más densa y palpable, la promesa de la riqueza y la perdición flotando en el aire pesado de azufre.
Mientras las criaturas demoníacas ultimaban cada rincón y colocaban la última capa de mampostería, Cantuña se concentró. Se dio cuenta de que si la obra se terminaba con una perfección absoluta, el trato sería irrevocable. Y con la frialdad de quien conoce el peligro, en el instante preciso en que los diablillos se distrajeron con su faena, Cantuña actuó. Agarró una sola, pequeña piedra, una pieza que se había incrustado en el diseño del atrio, y la ocultó en algún lugar secreto entre las grandes moles, una piedra que nunca debería ser contada.
El amanecer y la verdad revelada

Al sonar el primer canto del gallo, el trabajo milagroso se detuvo en seco. El atrio estaba terminado. Era un espectáculo reluciente, de una perfección atronadora, un monumento de piedra que desafiaba todo sentido. El Diablo se presentó ante Cantuña, su capa roja brillando tenuemente bajo la luz naciente, listo para reclamar lo que se le había prometido.
Pero Cantuña se mantuvo firme, su astucia por fin liberada del temor. Señaló la magnífica obra y desafió al demonio.
—¿Está completa? —preguntó Cantuña, su voz resonando por la plaza. —¿Cuántas piedras has puesto?
El Diablo, arrogante en su poder, se dispuso a revisar la perfección del atrio. Empezó a contar, piedra por piedra, midiendo, comprobando, asegurándose de la absoluta integridad del trabajo. Al terminar su revisión meticulosa, su rostro se contrajo en una expresión de rabia gélida. Encontró el vacío.
—Falta… falta una —masculló el Diablo, su tono volviéndose grave y amenazante—. ¿Cómo es posible?
Cantuña, con un leve gesto de triunfo, sostuvo la mirada del demonio. El Diablo buscó la piedra faltante, la que había sido la condición de la libertad de Cantuña. Ella no estaba allí. Cantuña la había escondido. Al comprender que su propio pacto se había roto por la condición que él mismo había fijado, el Diablo rugió de furia descontrolada. En un torbellino de azufre y sombras, se retiró de la plaza, llevándose consigo la promesa de la muerte del constructor.
La piedra oculta en San Francisco
Desde aquella noche, se cuenta que el atrio de la iglesia de San Francisco quedó eternamente incompleto, un recordatorio de la astucia humana frente al poder infernal. La piedra que Cantuña guardó con tal astucia jamás fue colocada en su sitio.
Hoy en día, la tradición oral dice que esa única pieza falta, un hueco secreto que guarda el secreto del trato. En las calles de Quito, los quiteños caminan por esa plaza con una reverencia silenciosa, bajando la mirada al suelo, buscando con sus ojos el hueco en el atrio que guarda el secreto de esa piedra oculta. Dicen que nadie, ni el más valiente ni el más devoto, se atreve a poner esa piedra en su lugar. Teme el pueblo que, al completarse la obra, el pacto con el Diablo pueda reactivarse y que el terror de la noche de azufre vuelva a la Plaza de San Francisco.
Dicen los abuelos que Cantuña, gracias a su ingenio y a esa única piedra, logró salvar su alma, pero el precio de su victoria es la perpetua incompletitud de su obra.
