Dicen los abuelos que, en aquel tiempo, cuando la Sabana de Cundinamarca apenas conocía la huella de la modernidad, la tierra no era simplemente tierra, sino un cuerpo vivo, palpitante y sagrado. Para el pueblo Muisca, el agua era la esencia misma de la vida; los ríos y las lagunas eran seres vivientes. El páramo era la cabeza del gran río, y las lagunas y afluentes eran sus venas, pulsando con la fuerza de la existencia. Y en medio de esta inmensidad sagrada se alzaban cinco cuerpos de agua, lagunas consagradas a las deidades más antiguas: Guatavita, Siecha, Teusacá, Guasca y Ubaque. Eran templos de oración y ofrendas, puntos vitales donde se tejía el destino del mundo y se comunicaba con Bachué y Bochica.

La creación del ciclo sagrado

Cuentan que, en aquellos albores, la vida bullía, pero también la tierra sufría de un caos hídrico, una gran inundación que amenazaba con borrar todo rastro de civilización. Fue entonces cuando intervino Bochica, el gran maestro, y en un acto de profunda sabiduría, abrió las rocas y los cauces para permitir que las aguas de la Sabana descendieran y se asentaran en su lugar. Este acto no solo salvó a su pueblo de la devastación, sino que estableció un sistema de cuidado ambiental, un equilibrio sagrado que debía ser honrado por las futuras generaciones. Los Muiscas entendieron que estos espacios acuáticos no eran meros charcos, sino venas divinas que debían ser alimentadas con respeto y ritual.

La búsqueda de lo divino y la ofrenda de El Dorado

Indígenas Muisca realizan un ritual sagrado colocando ofrendas doradas en una laguna andina.

Entre estas lagunas sagradas, Guatavita, ubicada en Sesquilé, era el punto culminante de las ceremonias más importantes, aquellas asociadas al legendario El Dorado. Era en este lugar donde se realizaban los actos de oración y ofrenda más solemnes.

Había una tradición que narraba la ascensión de un nuevo cacique. Antes de iniciar su viaje, este se aislaba en soledad, sometiéndose a un ayuno riguroso. Una vez completado su rito de purificación, partía en una balsa construida con juncos, dirigiéndose hacia el corazón profundo de la laguna. Los sacerdotes, vestidos con los símbolos de la grandeza, cubrían al cacique con una mezcla de resinas y polvo de oro puro. Solo al amanecer, el cacique se desprendía de este velo dorado para comenzar la entrega de ofrendas, arrojando oro y esmeraldas al agua, en un acto de entrega total a las deidades acuáticas.

Pero la leyenda era rica en versiones, y en otras voces se contaba una historia de dolor más profundo. Se narraba cómo una cacica, acosada por la acusación de adulterio, tomó una decisión fatal. Sin dudarlo, se arrojó a las aguas de la laguna junto a su hija. Dicen que estas dos almas, buscando un refugio eterno, habitaron un palacio invisible en el fondo mismo de la laguna.

El santuario de Siecha y el camino ritual

Algunos relatos más antiguos sostenían que la ceremonia original de El Dorado, la ofrenda suprema, pudo haber tenido lugar no en Guatavita, sino en Siecha. Esta laguna, nacida de la acción del glaciar en Guasca, era un lugar de culto especial dedicado a la fertilidad y a la propia vida.

Los caminos rituales Muiscas eran largos y sagrados. Desde el origen se extendía la ruta hacia otras lagunas. En Siecha, los sacerdotes y pueblos realizaban sus rituales, y la conexión con la vida era tangible. Es curioso que en los siglos venideros, la propia historia de estas lagunas se viera alterada; los exploradores, como los hermanos Joaquín y Bernardino Tovar, buscaron su camino y, en la zona de Siecha, encontraron restos de una balsa que fue luego llevada a los archivos del Museo del Oro, un testimonio silencioso de esa antigua conexión con el oro.

De Teusacá a Ubaque: el recorrido sagrado

Una figura en ritual de El Dorado arroja oro a la tranquila laguna ancestral Muisca.

El recorrido ritual no terminaba en Guatavita. La peregrinación sagrada conducía al pueblo a Teusacá, un sitio hoy conocido como El Verjón, en el Parque Ecológico Matarrendonda. Allí, el propósito del ritual se centraba en la gratitud. La gente acudía a Teusacá para realizar ofrendas directas a la Madre Tierra, agradeciendo el sustento que el agua les había proporcionado. Era un momento de reconocimiento del ciclo de la vida.

Finalmente, la ruta culminaba en Ubaque. Esta laguna se consideraba el último punto de este recorrido sagrado. En Ubaque se completaban las jornadas de cantos, rituales y ofrendas, tanto de agradecimiento por lo recibido como de súplica a las deidades por lo que aún les faltaba. Ubaque era la culminación del encuentro entre el pueblo y sus dioses acuáticos.

La alteración del equilibrio y el legado de la memoria

Con el paso de los siglos, y con la llegada de nuevos pueblos y la sed insaciable por el metal precioso, el equilibrio sagrado comenzó a romperse. La búsqueda de oro por parte de viajeros europeos y locales alteró profundamente la naturaleza de estas lagunas. Un caso notable ocurrió en la antigua laguna de Guasca. Gonzalo Linnus Martos intentó secar ese cuerpo de agua para la búsqueda de metales. La ambición destruyó el propósito; el sitio se transformó en un pantano con cuerpos de agua reducidos, perdiendo su carácter sacro y manteniendo solo vestigios de fauna y flora.

Desde aquel tiempo, la memoria de las lagunas Muiscas persiste. Hoy, la laguna de Ubaque, aunque ha sido integrada al uso de descanso y estadía para los visitantes, sigue manteniendo en su tradición el mandato de reconocer el vínculo primordial con el uso respetuoso de las fuentes hídricas. Los sabios aún cuentan la historia de esas cinco lagunas, no como un mero folclore, sino como el eco de la antigua promesa: que el agua, bendita por Bochica, siempre debe ser tratada con reverencia.

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