En las regiones bañadas por el Magdalena, el Huila y el Tolima, donde la tierra se inclina hacia la vastedad de los grandes ríos y las profundas cavernas, se teje un miedo ancestral. Es un miedo que nace en la orilla, en la humilde casa de adobe y donde el agua canta su canción perpetua. Desde que el sol se oculta y las sombras se alargan sobre las orillas, cuentan que una criatura, conocida como el Poira o Mohán, se desliza desde las profundidades del agua o emerge de la oscuridad subterránea. Es un espíritu cuyo encanto y travesura acechan, buscando a las jóvenes campesinas que, en la frágil frontera entre la niñez y la madurez, caminan cerca de las moyas.
Dicen los abuelos que el Poira no es un simple monstruo; es una fuerza caprichosa, a veces un juguete travieso, otras una seducción fatal. Y cuando elige a sus víctimas, se presenta con una maestría hipnótica, cambiando su forma para atrapar a quien menos sospecha, esperando el momento en que el alma, ya confundida y perdida, decida responder al llamado desde el corazón del río.
La aparición del duende juguetón
En la tradición popular de estos valles, el Poira se manifiesta de muchas maneras, y no todas son terribles. Algunos campesinos lo han visto meramente como un niñito juguetón, recorriendo los caminos soleados, espantando a los incautos con carcajadas que resuenan por el campo. Otros lo han conocido como un duendecillo, de color brillante, dorado, como si hubiera sido quemado por el sol y el agua. En su faceta más inocente, a veces simplemente aparece como un bebé recién nacido llorando en los recodos y las pendientes, envolviéndose en hojarasca y asustando a quien se atreve a escucharlo.
Pero es también el Mohán libertino el que susurra el terror más profundo. Es él quien se transforma en un mocetón de una belleza deslumbrante, audaz y seductor. Este Poira atrae especialmente a las campesinas más bellezas y codiciadas, aquellas jóvenes que apenas han dejado la etapa de la niñez. Al principio, su presencia es sutil, una inquietud que crece en el alma de la muchacha. La víctima siente un desasosiego, una embotamiento, una perplejidad que le altera el buen genio.
El seguimiento desde la orilla

Este malestar pronto la lleva a buscar refugio cerca de las márgenes del gran río. Es allí donde comienza su itinerario. Desde el primer día en que empieza a vagar junto al agua, el Poira se pega a ella como la sombra pegada al cuerpo. La sigue a todas partes: en la tranquilidad de su casa por las noches, camuflado entre las sombras; en los caminos polvorientos; y hasta junto al lavadero, donde el agua burbujea.
El embrujo es lento. No es un ataque repentino, sino una vigilancia paciente. El mocetón apuesto la acorrala, envuelve su voluntad con su encanto y, finalmente, logra raptarla. El Poira la lleva consigo, dejándola de su vida anterior para introducirla en su dominio secreto y misterioso.
La morada de oro y el sueño eterno
Su morada, según la leyenda, se encuentra oculta en el fondo de las profundas moyas, es decir, en el corazón mismo de las cuevas bajo el río. Dicen que es un palacio construido de oro puro, un lugar que brilla y fascina, adornado con balcones que se iluminan por hachones. En este palacio, el tiempo parece detenerse, succionado por una atmósfera densa y seductora.
Desde el corazón de esa morada, sale un murmullo constante, una música monótona que envuelve el lugar. Esta melodía tiene un poder increíble, capaz de adormecer, de anular la voluntad y de atrapar la conciencia de la joven. Allí, el Poira la mantiene en reclusión, enseñándole a fumar tabaco y hipnotizándola con su presencia. Solo le proporciona pescado de los ríos, manteniéndola en un estado de dependencia y encantamiento absoluto.
Desde la orilla del río, en algunas noches oscuras, se puede escuchar el sonido de risas de muchachas que parecen ascender desde lo hondo del agua, un eco fantasmal de quienes ya no pertenecen a la tierra.
El intento de rescate y la penitencia

La gente, al comprender la naturaleza de este rapto, no se queda inerte. Se organizan los intentos de rescate. Los ancianos y los devotos se unen, y se realizan rituales de protección: rezos fervientes, bendiciones solemnes, el riego de agua bendita y sahumerios hechos con tabaco u otras yerbas olorosas. A veces, la insistencia de los devotos es tan fuerte que, agotado por el esfuerzo, el Poira suelta a la joven.
Cuando es liberada, su apariencia ha cambiado. Aparece de pronto en la playa, pero ya es cerril, desgastada por el encanto y la reclusión. Huye frenéticamente, temiendo no solo a los hombres, sino a los símbolos sagrados: a los santos y a los crucifijos. De hecho, puede que rompa la ropa que le ofrecen en un intento desesperado por huir de la santidad.
Para restaurarla completamente, la joven debe someterse a una serie de ceremonias de purificación. Debe ser bautizada de nuevo, rociada generosamente con sal y agua bendita, frotada con chicote, recitada una oración de protección y cubierta finalmente por la capa del sacerdote. Pero su liberación no es total; debe ofrecer una promesa a los santos, llevar siempre un escapulario, confesarse ante el clero y, si es posible, vivir lejos de los peligrosos ríos y lagunas. En algunos casos, las leyendas cuentan que las víctimas regresan a casa solas, habiendo completado su ciclo de encantamiento y hecho madres.
El llamado contemporáneo de Moira
Dicen que el mito sigue respirando, adaptándose a los tiempos. En la época actual, en las regiones aún marcadas por la leyenda del Poira, el terror toma una forma más íntima y musical. Moira, una joven, se encuentra en su casa cuando, de pronto, escucha una voz melodiosa que la llama con una frase hipnótica: "Dame tu corazón. Toma mis manos y vente conmigo."
Ella se detiene. Era una noche de cansancio por los preparativos de su boda, y la voz era tan dulce que la paralizó. Sin embargo, la llamada le dirige al bosque y a una quebrada donde había estado recolectando arazás, buscando ese eco inexplicable. En ese lugar, Moira pierde la noción del tiempo y del espacio. De pronto, es tocada sin cesar por miles de dedos y manos diminutas dentro de una manta de humedad que se extiende en una cueva. En ese oscuro refugio, la joven pierde el conocimiento, atrapada en una espiral de risas, llanto y el placer infinito que emanaba de la voz. Siente que es parte de ese coro eterno.
Cuando Moira despierta, una risa incontrolable la recorre, aceptando al fin el llamado con un suave "Sí, quiero irme contigo". Así, la gente de las regiones donde circula este mito sabe que debe prestar atención a los ecos, pues la voz del Poira sigue presente, esperando la respuesta de la próxima joven.
