Cuentan que en el vasto corazón de América del Sur, donde los Esteros del Iberá se extiende en una extensión de agua y tierra salpicada de matorrales, y en las rurales pampas de Paraguay, Argentina y Bolivia, hay un espíritu que vigila la antigua alianza entre el hombre y la naturaleza. Es una presencia discreta, un ser del monte, cuyo nombre resuena entre los campesinos como El Pombero. No es un fantasma silencioso, sino un duende travieso, un guardián que exige respeto y paga con fervor, o con maldición, aquellos que se atreven a invocarlo.
En aquellos tiempos primigenios, cuando la vida dependía del ciclo de la cosecha y el sustento del ganado, las personas sabían que no estaban solas. Escuchaban pasos furtivos en la noche, divisaban luces esporádicas en la espesura y sentían en el aire la inquietante presencia de Pomberito, el dueño de la sombra y de los caminos olvidados.
El duende de los lugares abandonados
Dicen los vecinos que El Pombero, en su esencia guaraní, es una criatura dual. Se esconde en los lugares olvidados del campo: en las viejas taperas, en los hornos abandonados, donde el sol nunca calienta lo suficiente. Es un ser que reside en la penumbra del monte. A primera vista, este espíritu parece tener una naturaleza amistosa, una que puede ser apelada para obtener el bien. El Pombero se comporta, en muchos sentidos, como el guardián de la fertilidad y la abundancia de la tierra.
No obstante, hay una faceta de su ser que nadie olvida, una cualidad más oscura y lasciva. En las noches profundas, su naturaleza se torna menos benévola, y se le describe particularmente con inquietantes interacciones con las mujeres que se encuentran en estado de embarazo. Es la dualidad del monte: puede bendecir si se le pide con reverencia, o puede desorientar si se le falta al respeto.
El ruego por la bendición del campo

Cuando los hombres del campo, ya fueran agricultores o ganaderos, enfrentaban la dura tarea de asegurar una buena cosecha o que el ganado no se enfermara, sabían que debían consultar al Pombero. Era el camino para pedir favores a ese espíritu del Iberá. Se les pedía su ayuda, pero esta no era gratuita. Para mantener la paz con el Pombero y obtener sus bendiciones, la comunidad debía realizarle una ofrenda cada noche durante un ciclo de treinta días.
El petí, el tabaco, era su gusto particular, el tributo que debía entregarse al espíritu. Si, en algún momento, se perdía un objeto de gran valor, se acudía también a él. El campesino, con voz de súplica, se acercaba a la oscuridad y le ruega: «¡Pomberito, Pomberito, si me hacés encontrar [el nombre del objeto perdido] yo te ofrezco tabaquito!». Y el Pombero, con su misteriosa intervención, revelaba dónde se hallaba la pertenencia extraviada.
El despertar de la furia
Mas el rito tiene sus límites, y la naturaleza es implacable. Si se pedía el auxilio del Pombero para obtener un favor, y la comunidad olvidaba realizar la ofrenda diaria, la paciencia del espíritu se rompía. Entonces, despertaba su furia, y la maldad empezaba a esparcirse en el hogar. Los aldeanos percibían que algo andaba mal; las puertas cerraban misteriosamente, los utensilios de la cocina caían sin explicación, y los pasos nocturnos en los alrededores de la casa se volvían más audibles y ominosos.
La enemistad con El Pombero era un peligro incalculable. Si alguien se encontraba en conflicto con el duende, el monte se convertía en su prisión. Pombero intentaba desorientarlo, extraviándolo en la espesura del bosque. Para agravar la desgracia, cuando su ira era absoluta, este podía transformarse en cualquier animal o en cualquier planta, usando argucias para que el infractor se adentrara en lo más profundo del monte, perdido para siempre.
El castigo de la avaricia

Esta rabia no nacía del capricho, sino de la transgresión de la naturaleza. El Pombero se enfurecía particularmente cuando veía cómo se abusaban de los recursos de la tierra. Si un cazador mataba más presas de las que iba a consumir, o si un pescador o un talador utilizaba los recursos de manera desmedida, violando el equilibrio del ecosistema, el duende desataba su castigo. En esos momentos de ira, las voces y los pasos se escuchaban con una intensidad aterradora por toda la noche.
El espíritu en el tiempo moderno
Desde entonces, la leyenda de El Pombero ha perdurado, viajando de los pequeños pueblos de la pampa a la cultura moderna. Sigue siendo el espíritu que se menciona en las viejas historias, aquel al que se pide que ayude a los agricultores y ganaderos a labrar la tierra y a encontrar lo que se ha extraviado en la vasta naturaleza. Su figura ha sido absorbida por la cultura popular de la región, apareciendo en películas, en la música de bandas y en mundos de videojuegos, transformándolo en un mito que se cuenta con nuevas voces, pero manteniendo siempre el eco ancestral de los Esteros del Iberá.
En otras versiones, aunque el espíritu es el mismo, los detalles de su interacción cambian ligeramente. Si bien en la tradición pura se le honraba con petí, en las comunidades urbanas modernas, el rito de la ofrenda ha evolucionado para incluir, en ocasiones, artículos más modernos o ilegales, reflejando el cambio de la vida en los caminos olvidados.
