En aquellas riberas del majestuoso Río Orinoco, en el corazón del estado Anzoátegui, donde la Mesa de Guanipa se alza como testigo ancestral, florece una cosmovisión profunda y viva. Allí habitan los Kariña, un pueblo cuyo destino está íntimamente ligado al ritmo, al canto y al movimiento. Cuentan que para los Kariña, la vida misma no es un hecho, sino un acto continuo de conexión, una danza sagrada que mantiene el orden de las cosas y asegura que la luz del sol vuelva a despertar a sus corazones. En este rincón de Venezuela, el latido del pecho del hombre se convierte en la música del mundo.

Desde el principio de los tiempos, la Kali-na Ancestral ha tejido su historia con hilos de fe y movimiento. En su entendimiento, el mundo fue forjado por la fuerza sublime de la danza primordial por parte de los héroes celestiales. Es este poder vital, esta energía que se canaliza en el baile, lo que dota de sentido a su existencia, y es a él que se debe el ritmo vibrante de cada uno de sus rituales y celebraciones.

El origen de Mare Mare

En la tradición Kariña, la danza tradicional más esencial, conocida como Mare Mare, nació como un humilde homenaje. Era un tributo en honor a su líder supremo, el Cacique Mare Mare. Era una figura de respeto y sabiduría, un pilar de su comunidad. Pero la vida, incluso la más noble, tiene su ciclo de penas.

Dicen los viejos que el Cacique Mare Mare, al acercarse al final de sus días, sintió el cuerpo cansado y la enfermedad consumiéndole. En un viaje hacia el sur, su destino se cumplió. Tras su fallecimiento, el cuerpo del cacique fue sepultado de manera apurada, sin que pudiera recibir los honores y las solemnidades que su grandeza merecía. El corazón del pueblo sintió la injusticia de ese olvido precipitado.

A partir de ese momento, nació una necesidad profunda de reparación. No fue un lamento silencioso, sino un peregrinaje sonoro y enérgico. El pueblo Kariña, con el dolor de la pérdida, comenzó a marchar anualmente hasta el lugar donde reposaba su cacique. Eran peregrinaciones donde el canto y la danza se alzaban en la memoria de Mare Mare. Así, el dolor se transformó en una tradición, y la necesidad de rendir homenaje se convirtió en la Mare Mare, la danza fundamental que perdura hasta el día de hoy.

El viaje del alma a Santa María

Comunidad ancestral realizando la danza Mare Mare en un espacio ceremonial y tradicional.

Para el pueblo Kariña, el camino que sigue el ser humano después de dejar este mundo terrenal es claro y esperanzador. No creen en la oscuridad del final, sino en el tránsito hacia una vida superior, un lugar que llaman Santa María. El espíritu, al completar su peregrinaje, se incorpora a esta existencia mejor, un destino prometido por la cosmovisión de la Kali-na Ancestral. Y para honrar tanto el tránsito de los muertos como la fuerza de la vida misma, han establecido un ciclo de ceremonias que guían tanto al viviente como al espíritu.

La celebración más grande de este ciclo es el Akaatompo. Este es un festival anual dedicado a recordar y honrar a quienes han partido. La primera de noviembre se dedica, en especial, a los niños. Es en esta fecha que los pequeños del pueblo, cargados de respeto y dulzura, recorren las casas, bailando y visitando aquellos hogares donde había reposado un infante. Con sus pasos y sus cantos, recuerdan y acompañan el tránsito de los más jóvenes.

Al caer la medianoche, la reverencia se hace más solemne. Los adultos toman el relevo. En ese momento, los fieles se dirigen al cementerio, para encontrarse con los ancestros y renovar su lazo con aquellos que ya han llegado a Santa María.

La purificación y el cierre del duelo

Pero la tradición va más allá del año. La vida de la comunidad se encuentra marcada por rituales precisos que marcan el inicio y el fin del duelo, respetando la evolución del espíritu.

Ocho días después de que un ser querido deja este mundo, se celebra el Bomankaano. Este es un acto de profunda purificación. Los familiares se reúnen y se sumergen en un baño preparado con cardón y piedras blancas. Este ritual de aseo no es solo físico; es un simbolismo que busca limpiar y purificar el alma, ayudándola en su camino de asunción al luto.

Y cuando el tiempo pasa y el duelo debe ser puesto en pausa, se llega al Bepeekotono. Este ritual sagrado se cumple al cabo de un año de la muerte. Consiste en cortar la pollina, ese flequillo, de la viuda —aunque este rito también puede aplicarse a los hombres—. Este corte marca el final de la pena, el cierre de la vigilia del luto, dando paso a una nueva etapa en la vida del que se queda.

Desde entonces, y hasta el día de hoy, la Mare Mare sigue siendo el latido palpitante de la comunidad. Es la danza que se alza en las celebraciones más importantes, en el triunfo de la vida, y en la ceremonia solene del final de un funeral. La Kali-na Ancestral no es solo una historia; es el pulso constante y sagrado de un pueblo que honra a sus ancestros y agradece a Capuano, ese espíritu supremo, "El Señor de Todo", por la continuidad inquebrantable de su existencia.